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Brasil después de las urnas: el voto que nadie cuenta

hace 6 horas
2 min de lectura

Por: Ismael Cala

Hay un silencio que me conmueve más que cualquier discurso de campaña y es el de la cabina de votación. Ese instante breve en el que una persona queda a solas con su conciencia, sin pancartas ni consignas, y decide con un gesto mínimo el país que quiere habitar. El pasado domingo, más de 158 millones de brasileños fueron convocados a ese silencio, y yo seguí la jornada con el respeto de quien sabe que en cada voto viaja una esperanza.

Durante semanas, las encuestas dibujaron un país partido casi en dos mitades, y muchos leyeron en esos números una condena. Yo prefiero leer un espejo. La polarización que vemos en las pantallas no nace en los palacios de gobierno, sino en las conversaciones que dejamos de tener: en la mesa familiar donde ya no se tocan ciertos temas, en la amistad que se enfrió por un mensaje, en el vecino al que dejamos de saludar.

En mis conferencias siempre te digo que no podemos pedirle al mundo la paz que no cultivamos por dentro. Un país dividido es, en buena medida, la suma de millones de personas divididas en su interior, que eligen desde el miedo a perder lo que tienen o desde la rabia por lo que nunca recibieron. Y el miedo es un pésimo consejero, porque nos hace ver enemigos donde solo hay otros seres humanos con una historia distinta a la nuestra.

Por eso creo que la verdadera elección comienza cuando se cierran las urnas. Gane quien gane, y más allá de lo que digan los conteos, cada brasileño tendrá que decidir cómo mirar a quien eligió distinto, y lo mismo nos toca a cada uno de nosotros en nuestra propia tierra. Ese voto no lo registra ningún tribunal electoral, pero es el que define la calidad de una democracia y, sobre todo, la calidad de nuestra vida en común.

El liderazgo emocional nos enseña que escuchar no es rendirse y que comprender al otro no nos obliga a pensar como él. Podemos sostener nuestras convicciones con firmeza y, al mismo tiempo, reconocer la dignidad de quien piensa diferente. Esa es una madurez que ningún candidato puede darnos, porque no se delega: se practica.

Hoy te invito a mirar tu propio mapa electoral interno. Pregúntate a quién has convertido en adversario por pensar distinto, qué conversación pendiente podrías retomar esta semana y desde qué emoción opinas cuando opinas. Brasil nos recuerda que un país se elige un día en las urnas, pero se construye todos los demás días en la forma en que nos tratamos. Y cuando esa construcción nace del amor y no del miedo, todos ganamos la misma elección.

Dios es amor, hágase el milagro.

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