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El vuelo de Flydubai y la cabina que todos llevamos dentro

hace 6 horas
2 min de lectura

Por: Ismael Cala

Menos de treinta segundos. Ese fue el tiempo en que, el pasado 30 de septiembre, un avión de Flydubai que cubría la ruta entre Dubái y Tel Aviv perdió miles de pies de altura con 174 pasajeros a bordo, después de un violento ataque dentro de la cabina de mando. He pensado mucho en esos segundos, porque no conozco metáfora más honesta de lo que sentimos cuando la vida, sin avisar, pierde altura.

Las autoridades emiratíes han calificado lo ocurrido en esa cabina como un intento de ataque terrorista, y aún investigan sus motivos. No me corresponde especular sobre lo que todavía no se conoce. Lo que sí sabemos es que el capitán Smit Machchhar, herido, logró llegar hasta la puerta y abrirla, y que pilotos de la aerolínea que viajaban fuera de servicio se levantaron de sus asientos, tomaron los controles y aterrizaron la nave en Tabuk, Arabia Saudita. Nadie les había anunciado que ese día serían necesarios. Simplemente estaban preparados.

Esa imagen me acompaña desde entonces. Todos llevamos dentro una cabina con dos pilotos: uno que actúa desde la conciencia y otro que, cuando el dolor o el miedo lo desbordan, es capaz de llevarnos en picada. La pregunta no es si alguna vez habrá turbulencia, sino a quién le hemos entregado los controles de nuestras decisiones, de nuestras palabras y de nuestras relaciones.

En mis conferencias siempre te digo que la serenidad no se improvisa en medio de la tormenta, sino que se cultiva en los días de cielo despejado. Aquellos pilotos de reserva no se volvieron competentes en el momento de la emergencia; lo eran desde antes, gracias a años de un entrenamiento que nadie aplaudió. La meditación, la gratitud, el silencio diario y las personas que nos dicen la verdad son nuestros pilotos de reserva, y conviene saber en qué asiento viajan.

Me conmueve también el gesto del capitán que, herido, abrió la puerta. Cuántas veces mantenemos la nuestra cerrada por orgullo, convencidos de que pedir ayuda es una forma de fracaso. Aquel día, tripulantes y pasajeros que no se conocían se convirtieron en un solo equipo, y un avión que salió de Emiratos rumbo a Israel encontró una pista abierta en un tercer país. Cuando la vida está en juego, las fronteras que tanto defendemos pierden su importancia.

Hoy te invito a entrar en tu propia cabina. Pregúntate quién lleva los mandos cuando te enojas, cuando temes o cuando te sientes herido, qué pilotos de reserva has entrenado para esos momentos y qué puerta necesitas abrir para dejar entrar la ayuda. No podemos elegir todas las turbulencias, pero sí la conciencia desde la cual las atravesamos. Y cuando esa conciencia nace del amor, siempre hay una pista donde aterrizar en paz.

Dios es amor, hágase el milagro.

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