El reto invisible de emigrar y sanar las heridas del pasado

Por Ismael Cala
Encender el televisor o revisar los titulares matutinos se ha convertido, con frecuencia, en un ejercicio de choque con la realidad global. Entre los escollos marítimos de Ceuta, los cruces desolados del Tapón del Darién o el clamor ahogado en las aguas del Mediterráneo, el mundo nos devuelve a diario una postal innegable y es que la humanidad está en movimiento, empujada por la necesidad, el miedo o la búsqueda inalcanzable de un futuro mejor.
Sin embargo, detrás de las frías estadísticas y los acalorados debates políticos, solemos olvidar que la migración no es solo un fenómeno de fronteras territoriales, sino una encrucijada del espíritu humano.
Al observar estas imágenes, resulta imposible no conectar con mi propia historia. Yo también fui migrante. Conozco de primera mano la incertidumbre de empaquetar una vida en un par de maletas, el peso invisible de dejar atrás la tierra que te vio nacer y el nudo en la garganta al pisar un suelo donde eres un extraño. Sé lo que significa enfrentarse a los muros de la burocracia, pero, sobre todo, a esos muros invisibles que nos impone la mente cuando el miedo al rechazo o al fracaso nos susurra que no pertenecemos a ningún lugar.
Hablando recientemente con amigos y especialistas en dinamismo social para un nuevo episodio de mis plataformas digitales, reflexionaba sobre cómo tendemos a etiquetar al migrante como el 'otro', como aquel que está lejos, atravesando un mapa. Pero en un sentido existencial, ¿no somos todos migrantes en este viaje llamado vida? Todos estamos en constante tránsito de una etapa a otra, intentando cruzar la frontera del pasado para habitar la posibilidad del presente.
Una antigua parábola de sabiduría oriental cuenta la historia de un viajero que llegó a la orilla de un ancho río agitado. Para cruzarlo, construyó con esfuerzo una firme balsa de madera que le salvó la vida. Al llegar a la otra orilla, agradecido y temeroso de volver a necesitarla, cargó la pesada balsa sobre sus espaldas y continuó su camino por el desierto. Días después, agotado por el peso superfluo, un anciano le preguntó por qué transportaba semejante carga en medio de la nada. El viajero respondió: “Esta balsa me salvó del río”. El sabio sonrió y contestó: “La balsa fue útil en el agua, pero si no la sueltas ahora en la tierra firme, el instrumento de tu salvación se convertirá en la causa de tu ruina”.
¡Cuántas veces en la vida nos comportamos como ese viajero! Cargamos sobre nuestras espaldas las cicatrices de la patria perdida, el resentimiento por las puertas que se nos cerraron o el duelo incesante de lo que dejamos de ser. Nos aferramos a los dolores del ayer creyendo que nos protegen, cuando en realidad solo paralizan nuestros pasos. No es el camino lo que nos agota, es la insistencia en cargar la balsa sobre la arena seca.
Cruzar una frontera geográfica es un acto de supervivencia; cruzar la frontera de tus propios miedos y apegos es un acto de liberación espiritual. Como nos enseñaba el gran pensador judío Martin Buber, el ser humano solo se encuentra verdaderamente a sí mismo cuando es capaz de abrirse al encuentro con el otro, sin escudos ni prejuicios. Las verdaderas fronteras no están trazadas con alambre de espino ni custodiadas por ejércitos; están erigidas en los juicios, en el ego que separa y en la falta de empatía.
Hoy, ya sea que estés viviendo en tu tierra natal o intentando echar raíces a miles de kilómetros de casa, te invito a elevar la mirada. La verdadera abundancia no reside en el lugar geográfico en el que pisas, sino en la paz de la conciencia con la que caminas. No eres tus fronteras, no eres tus heridas de partida y mucho menos eres la historia de escasez o rechazo que los demás hayan querido escribir sobre ti.
Haz una pausa, inhala profundo, reconoce la fuerza del camino recorrido y atrévete a soltar la balsa de lo que ya fue. Solo cuando tus manos quedan libres de cargas pasadas, están listas para recibir los milagros del presente.
Dios es amor, hágase el milagro.



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