Las lecciones del Mundial
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Por Leopoldo Neira
Pocos fenómenos han logrado unir a la humanidad como el fútbol. La simpleza de sus reglas. La posibilidad de enfrentar dos escuadras de 11 jugadores por bando usando los pies, ha generado un lenguaje común. El fútbol trasciende idiomas, religiones, sistemas políticos, niveles de desarrollo, genera identidad, emoción y sentido de pertenencia. El mundial es, y por mucho, el evento más visto del planeta y es mucho más que una simple competencia deportiva.
Aunque desde la antigüedad existieron juegos con pelota en civilizaciones como en China, Grecia, Roma o Mesoamérica, el futbol moderno se originó en Londres el 26 de octubre de 1863. Los representantes de varios clubes se reunieron en la Freemasons’ Tavern, para establecer un puñado de reglas, diferenciarlo del rugby y fundar The football Association. Nadie en su sano juicio podría predecir lo que el Mundial hoy representa. El asunto es que cada selección nacional lleva más que sus jugadores, lleva la historia, la personalidad y la idiosincrasia de su pueblo. Por eso las lecciones más memorables, no necesariamente proviene exclusivamente del marcador. Los jugadores y su afición llevan los gestos, los signos y los valores que revelan la esencia de cada selección.
Noruega como símbolo de unidad
Noruega es una de las sociedades más igualitarias del mundo y sus ciudadanos tienen una profunda confianza en sus instituciones. Esto ha despertado un fuerte sentido de comunidad y una cultura que privilegia al grupo, sobre el individuo. Rige incluso un concepto cultural muy conocido la Ley de Jante (Janteloven), una norma social no escrita, que desalienta la arrogancia y recuerda que nadie debe considerarse superior a los demás. Aunque hoy se debate y se interpreta de distintas maneras, sigue influyendo en la forma como los noruegos entienden el éxito: el logro es motivo de orgullo, pero se celebra colectivamente.
Sentí verdadera admiración el primer día que observé el famoso Viking Row o la remada del Vikingo. Es una práctica hecha durante el juego por la fanaticada noruega. También se repite al final de cada victoria por la selección con sus fanáticos. El Viking Row es un símbolo muy claro: en un barco vikingo, nadie llega a su destino por la fuerza de un solo hombre. El barco avanza cuando, coordinados todos reman en la misma dirección.
La fuerza de una sociedad, representada en la selección y una fanaticada, solo puede avanzar unida. El todo siempre es superior a sus partes. El conjunto está por encima del individuo.
El Viking Row entonces no es una oda al guerrero que empuña la espada y vence. Celebra a los hombres que reman juntos. En esa diferencia aparentemente sutil se encuentra una de las claves para entender a la Noruega contemporánea: es una sociedad que ha construido su éxito, sobre la cooperación, la igualdad y la confianza mutua, muy por encima del protagonismo invididual.
Japón como valor de limpieza y humildad
Si hay mucho que aprender de la sociedad noruega, también de la sociedad del sol naciente. Aquello que primero llamó mi atención fueron los aficionados japoneses limpiando el estadio en el Mundial de Francia 1998, su primera participación en una Copa del Mundo. Una cosa es limpiar lo que tú ensuciaste, otra es hacerlo en secciones donde ningún japonés ocupó. Japón no lo hizo para que el mundo lo mirara, fue el mundo quien empezó a mirar su cultura de limpieza y de respeto representada por su afición.
Por ello, quizás la imagen más poderosa que nos regaló Japón no fue una jugada genial, ni siquiera la acción que resultó en un gol. Hay un ritual, una reverencia, que ejecuta su selección luego de finalizar el partido, conocida como ojigi. Es más que una simple inclinación del cuerpo, es una forma de comunicación de profundo significado. La palabra no tiene traducción directa al español. Es una combinación de respeto, gratitud, reconocimiento. También cuando las circunstancias lo ameritan, es una silenciosa petición de perdón.
Con el pitazo final del encuentro ante Brasil en dieciseisavos de final, que significó su derrota 2-1 y su eliminación, me conmovió ver alinearse a los 11 jugadores japoneses frente a sus compatriotas. Agotados por el esfuerzo de la batalla reservaron su último aliento y al unisono, practicaron un sentido ojigi. Mientras en muchas culturas la derrota se trata de explicar o justificar, o se busca excusas y culpables, Japón la agradece, aprende y después, de vuelta a trabajar.
Panamá y el valor de la gratitud y la alegría
Los problemas que afronta Panamá sobran. Sin embargo, la marea roja el 26 de junio pasado decidió transformar Time Square en una extension de nuestro país. Habia banderas, tambores, congas, familias enteras, niños, adultos mayores y una alegría que no dependía del marcador. Estabamos eliminados pero el orgullo de ser panameños habia aumentado. La celebración no era deportiva: celebrábamos algo mucho más profundo el sentido de pertenecia y que agradecidos decidimos acompañar a la Sele en la derrota. Time Square dejo de ser por unas horas el centro de Nueva York, lo trasformamos en el centro del país.
Con el banderazo, como se le denomina, todos los panameños representados por la marea roja enviamos un mensaje al mundo: hay derrotas que saben y tiene un delicioso sabor a triunfo. Lo importante en la cancha, como en la vida, no solo es lo que ocurrre, sino la forma en que una sociedad decide vivirlo y expresarlo.
El mundial es la gran vitrina del mundo. Al igual que los noruegos y japoneses los panameños fuimos capaces de dar una lección en el mundial. El deporte revela quien gana y quien pierde. Somos nosotros, nadie más que nosotros, quienes decidimos en última instancia cuando nos corresponda perder, que actitud tomamos, quienes decidimos ser. Tengamos presente a la marea roja. Nos enseño que la derrota es una cosa y el derrotado, otra distinta.



Así es 100%. Excelente resumen Leopoldo!