GATOS Y UNIVERSIDAD
- Orlando Mendieta
- 4 ago
- 3 Min. de lectura

Por: Pedro Rivera Ramos
Hace veintitrés años que cada 8 de agosto se celebra el Día Internacional del Gato, como una forma de renovar la conciencia sobre la importancia de estos felinos y la necesidad de protegerlos de manera responsable. Aprovechando la fecha quise reunir algunas reflexiones que hice hace ya algunos años sobre la existencia de ellos en la Universidad de Panamá.
A finales del año 2016 bajo la administración del Rector Eduardo Flores Castro, se comenzó a generar una gran polémica sobre un supuesto plan diseñado desde la administración, para reducir drásticamente la sobrepoblación de gatos dentro del Campus Central y el Campus de Curundú.
Ante esto y las frecuentes críticas que se levantaron sobre todo a través de los medios de comunicación, las autoridades se plantearon seriamente la necesidad de identificar las iniciativas y soluciones, que mejor respetaran y beneficiaran el entorno universitario y las interacciones, que, entre las especies, están obligados a comprender, sostener y preservar.
No hay duda que el mundo que nos ha tocado vivir no es un mundo bicolor. No existen solos los buenos y los malos. Ya ni siquiera en las películas. Además de ser policromático, el mundo es diverso y complejo, y nada en él sobra. No existe ningún ser vivo que la Naturaleza haya concebido, entre ellos los gatos, que no cumpla una necesidad o una función en los ecosistemas conocidos, que los seres humanos debemos valorar y respetar. Una historia de más de setenta siglos acompañando al ser humano, que transcurre entre la veneración y la hoguera y todavía sigue inquietando a muchos científicos y a agencias como la NASA, el enigma que no ha podido explicar cabalmente la física, sobre las razones por las que los gatos siempre caen de pie. Tal vez el Papa Inocencio VIII se llevó a la tumba la razón de tal misterio.
Por eso en este caso, nunca se debió tratar de demonizar la presencia de gatos en los predios universitarios y hacerlos responsables, sin evidencia alguna, de cuanta enfermedad apareciera entre los universitarios; así como tampoco es sensato tratar de justificar su aumento y reproducción indiscriminada, argumentando solo la indefensión en que se encuentran. Respetarlos, brindarles afecto y compasión y buscar fórmulas ambientales de convivencia armónica con ellos, como lo haríamos con cualquier otra especie de nuestro entorno, se deriva de nuestra certeza que la humildad y grandeza del ser humano, puede ser explicada perfectamente a través del hecho, de que es suficiente el doble de genes de un gusano para construir un ser humano promedio o que nuestro patrimonio genético es 97% similar al de los gorilas.
Era preciso que se aprendiera cómo este problema en otras latitudes y universidades (ejemplos las de Valencia y Alicante en España y la Universidad del Norte de Colombia, entre otras), se ha sabido manejar con inteligencia y buen juicio; o cómo había sido exitosa la cooperación entre un refugio para animales en Arizona, Estados Unidos y un asilo de ancianos con problemas de Alzheimer, donde el uso de gatitos abandonados al cuidado de estos pacientes, según los estudios más recientes, han permitido una recuperación significativa de la memoria.
El problema de la presencia de gatos en la Universidad debe ser abordado reconociendo que debemos flexibilizar nuestras apreciaciones y asumirlo desde una perspectiva sistémica y una mirada integradora y universitaria, sin menoscabar, claro está, los amparos que debemos garantizarles a los animales y las inquietudes y aprensiones que una buena parte de los universitarios, tienen sobre ellos. Para esto han de quedar en el más completo olvido --porque no aportaban nada a esta problemática-- todas las insinuaciones tendenciosas e injustas, que con rapidez asombrosa ganaron tribuna, explotando maliciosamente sin sonrojo alguno, el morbo más perverso. Asimismo, es preciso despojarse también de los mitos, supersticiones y medias verdades, que sobre este felino muchas veces han sido difundidas popularmente, sin sustento alguno.
Naturalmente que los campus universitarios no fueron diseñados y no tienen entre sus propósitos, servir como refugios de vida silvestre, sino como centros de educación superior. Sin embargo, eso no es óbice para que por las características propias de los mismos (en este caso de la Universidad de Panamá) --un oasis citadino en medio de tanto asfalto y cemento-- se puedan establecer inteligentemente, programas y modos de convivencia donde sobresalgan la sensibilización, la protección, el equilibrio y respeto ambientales.








Comentarios